Agradecimientos


Entropía: el desorden es inevitable y da como resultado más desorden, hasta que no hay posibilidad de un desorden mayor. Recién entonces aparece el equilibrio. La única manera de resolver ese desorden es desde afuera, no sin provocar, allí, un pequeño caos. El revoltijo estructural de estos poemas debería estar asentado en esa ley (el caos sumado al caos no puede resultar en un orden). Sin embargo, a ciertas personas debo agradecer el haber proporcionado armonía al asunto, pues de esa manera han permitido que todo aparezca arreglado, como si ésa hubiera sido la intención. Por ejemplo, mi familia puso un continente a lo que pudo ser desborde: las horas que les arrebaté las devuelvo en estas hojas que espero me sirvan de excusa por todo lo demás, sí más importante, que quizás nos hemos estado perdiendo de hacer juntos. A mi madre y a mi hermana les debo seguir cerca y unidas. Es como saber que va a haber un suelo cuando el pie busque un apoyo, que no va a haber un abismo dispuesto a tragarnos. A Hernán Schillagi le debo un poco de ese orden que parecía tan improbable: él salió a la caza de los versos mal contados y me trajo a los indignos. Muchas veces los sometimos a juicios dispares. Espero haberle hecho el suficiente caso. A los que leyeron los poemas antes de que fueran impresos les agradezco por último la ceguera: sé que este libro parecía querer borrarse antes que ser escrito, callarse antes que hablar. Quizá todos entendieron que el silencio y el caos no pueden evitarse.

Fernando G. Toledo

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